¿Hemos convertido la inversión en tecnología en un gasto peligroso?

martes, 14 de septiembre de 2021

¿Por qué innovamos?

En general, cuando acometemos un desarrollo, innovador o no, lo hacemos buscando mejorar. Buscamos conseguir mejorar nuestros procesos, ampliar nuestros servicios, ser más eficientes y competitivos y aumentar nuestra productividad.

Algunos de los anteriores, o todos a la vez, son los objetivos que perseguimos en nuestras organizaciones cuando emprendemos la integración de una nueva manera de hacer las cosas. Compramos máquinas para automatizar, reorganizamos departamentos para eliminar cuellos de botella, integramos servicios externos expertos y nos dotamos de herramientas que optimizan nuestro desempeño.

¿Hacemos buenas inversiones?

Invertimos dinero y esfuerzo en mejorar.

Sin embargo, en muchas ocasiones, no es así con la tecnología. El viejo proceso de identificar la oportunidad, valorar y objetivar las posibles soluciones e implementar alguna de ellas ha quedado desfasado en lo que a la integración y el uso de la tecnología se refiere.

Implementamos supuestas prestaciones porque están ahí, porque se puede, no porque realmente sean útiles o nos hagan mejorar. El viejo axioma de que «todo valor añadido que no se percibe es un gasto en realidad» queda atrás cuando se trata de añadir pantallas más grandes, mejor resolución, hiperconectividad, gestión integrada, supercomputación o aprendizaje profundo. Muchas veces ni siquiera tenemos claro qué es lo que estamos comprando aunque pensemos que debería ayudarnos a mejorar nuestra productividad. Si no lo entendemos siquiera, ¿cómo será posible que nos ayude?

El lado oscuro

Por si esto fuera poco, en numerosas ocasiones, el exceso de capacidad tecnológica que asumimos conlleva implícitas oscuras ventajas competitivas para quienes nos venden, implementan o recomiendan tal o cual sistema. Entregamos partes de nuestros negocios o años de conocimiento a un tercero mediante un oscuro contrato que nos provee de algunas capacidades que deseamos y de muchas otras a él que se escapan a nuestro control. Seguramente las consecuencias a corto plazo no son visibles pero la capacidad de conocer que entregamos puede llevarnos a lugares futuros desagradables o, como mínimo, incontrolables para nosotros mismos que somos los propietarios, hasta ahora, de esa capacidad de hacer planes y de usar lo que hemos aprendido durante años de experiencia.

El uso racional de la tecnología

Algunos vivimos en nuestro día a día, en nuestro trabajo dentro de una Tecnológica, esta explosión que nos ayuda tanto y de la que hay tantas cosas buenas que aprovechar. Nos dedicamos a aplicar muchas de esas nuevas tecnologías, desde la capacidad de integración y el conocimiento experto de ellas, para mejorar las Organizaciones y facilitar el trabajo de personas que desean ampliar su productividad pero intentamos siempre que los objetivos estén claros, evitar gastar lo que no es necesario y ser leales en la protección de los negocios de los demás. Procuramos ser responsables en nuestra modesta labor de consultoría a la hora de ayudar a decidir cuál es la mejor solución de todas las posibles y generar nuevos desarrollos útiles, implementables, eficientes, sanos y perdurables en el tiempo.

El uso racional de la tecnología no nos hará estar de moda ni aparecer en «posts patrocinados» pero sí hará que nuestras organizaciones mejoren juntas sin dejar que inversiones rentables se conviertan en peligrosos gastos, simplemente porque existen.

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